Érase, que se era, un grupo de niños y niñas (de tercero y cuarto) con sus maestros y maestras, transportados por un artiliguo con ruedas, pisaron con sus pies, el noble pueblo de La Codosera

 Emocionados por la aventura que íbamos a vivir, iniciamos la marcha, recorriendo las calles de la localidad; la gente admiraba nuestro valor ante tal atrevimiento.

    Pasamos un terrible badén que las lluvias de los últimos días acrecentaron con un torrente que brotaba como la lava de un volcán desesperado, y lo hicimos tres veces, nunca visto antes por estos lares.

    Admiramos los campos de amapolas, nos ensimismamos con las tranquilas vacas, sonreímos ante el asombroso juego de las ovejas corriendo como policías y ladrones, subimos cuestas interminables, nos acercamos a

un caballo con deseos de libertad,  y llegamos por fin, después de miles de pasos, al lugar donde el agua era una fiesta, la comida una necesidad y la búsqueda del tesoro, el premio final.

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